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En la poesía de Gustavo Lespada, la palabra naufraga en la ausencia, como si estuviese destinada a las ínsulas extrañas de las formas vacantes: asume la condición de los detritus, los restos que deja lo huido, las ponzoñas de los días letales, las excrecencias, el contorno ardiente de todas las heridas.
La palabra que naufraga parece nacer en las decepciones o en la carencia, iniciarse cuando el habla sólo abre el camino oscuro de la falta. Su lugar propicio es el eco, o la resonancia, o la plegaria sin dios, o el juramento de amor donde los cuerpos han desertado. Ella habita allí, en ese no lugar perfecto: en el silencio, en lo no dicho, en lo inefable. La palabra a la intemperie vive un habitar sin hábito / un morar / sin morada.
La palabra que naufraga acaso halló en Auschwitz su insuperado abismo de sentido –como explora el poema que se halla en el oscuro centro de este libro, donde Primo Levi habla de nuevo. Cuando esa palabra es pronunciada en un vacío absoluto de sentido puede hallar su libertad: engendrar el inaudito vocablo que falta o un nuevo lenguaje áspero para nombrar el eje secreto de un mundo demolido.
En el naufragio de la palabra, en su duelo, en su agotado tiempo, en la derrota y la pérdida, sólo es posible la poesía: ella nombra lo innombrable cuando alguien arraigado en el polvo / hacia la nube / erguido, canta todavía.
Jorge Monteleone
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